El día de San Juan

junio 24, 2010

 

En el bosque de San Lorenzo hay un puente  de piedra y concreto  que mandó a construir Jorge Ubico y, a la par, las ruinas de un antiguo puente de lajas que se reputa por prehispánico y de cuyos basamentos hace unos cuarenta años alguien desenterró una multitud de tinajas perforadas con agujeros perfectos y algunos huesos de una animal extraño.  Es el mismo puente por el que caminaban los peregrinos que de Totonicapán iban a Chiantla en la romería del 2 de febrero, antes que construyeran la carretera, persiguiendo un camino que la erosión lentamente desdibuja de la pendiente pelona y casi agreste que rodea el cerro de Quiaquixac. 

Debido a las primeras lluvias, durante el mes de junio el bosque de San Lorenzo luce rebuscadamente verde, huele delicioso y en la conjunción de los cerros comienzan a brotar los manantiales de invierno tan fervorosamente esperados en un lugar donde se excavan pozos sólo para encontrar piedras secas, no más por andar jugando, porque ya se sabe que ahí no hay agua. 

En el muy sagrado día de San Juan, fiesta del solsticio, la leyenda se apodera de las fuentes de agua de aquel bosque. La tradición ordena  primero el desayuno de ayote en dulce de panela. Juan El Bautista es una figura tan lejana y ensombrecida  en estas tierras que será milagro para el santo si le ponen una vela, pero con el dulce de ayote se ha venerado el precepto, tal vez porque ir al huerto a cortar el ayote no sea más que la metáfora de la decapitación del precursor martirizado: ego vox clamanti in deserto… 

Y aquí aparece el mal convertido en deseo. Se sospecha que por el bosque anda El Salvaje; casi todos le han visto y casi todos han tratado de olvidarlo. Se dice que es corpulento, barbudo, afable y atractivo; nadie sabe como su buen nombre cayó en el catálogo de los espíritus malos, si dicen que es agradable a la vista. Pero un encuentro con El Salvaje es una disyuntiva en la vida: o se le saluda no más y uno se muere pobre, o uno arriesga esa promesa casi fantástica de la visión beatífica y uno muere bañado en dinero, comprometido a zurcirle la ropa en el corazón del cerro desde la hora de la muerte.  Y tal vez atraído por los ayotes de San Juan hirviendo con la panela, El Salvaje merodea en la mañana del 24 de junio la vieja casona de teja; y de saber que no puede probar tal delicia se venga del bosque vertiendo su orina nauseabunda en las cabeceras de los manantiales de invierno, se revuelca en las corrientes diluyendo su sudor sulfúrico y contamina la poza que se forma debajo del puente de Ubico.  Escondido entre los arbustos del arroyo espera a que lleguen los niños para llevarlos al corazón tenebroso del cerro.

Pero las inocentes fuentes de agua tienen en las mujeres a sus únicas protectoras.  El 24 de junio, antes de que salga el sol, con la olla del ayote todavía hirviendo en la leña,  las ancianas dejan la casa y salen al jardin a cortar flores, las llevan amontonadas en su delantal a las pozas y a los manantiales y las esparcen sobre el agua, bostezando padrenuestros y avemarías, con el pendiente de que no se queme el dulce.  El Salvaje, horrorizado de ver el agua llena de colores, no puede hacer más que huir maldiciendo al bosque; pero sus maldiciones no tienen efecto: él no puede maldecirse a sí  mismo.

El Salvaje se esconde bajo el puente de Ubico; se entretiene un año entero contando huesitos procedentes de una vasija gigantesca con un agujero por el que el viento pasa produciendo un ruidito perturbador.

En virtud de la flor cultivada y acariciada, la mujer de trenzas ha triunfado de nuevo sobre el verde salvaje y desordenado en un día en que el sol se da el lujo de brillar un poco más sobre la tierra. A lo lejos… una voz clama en la floresta.

JOVIS DIES

junio 9, 2010

Las venadas paren cuando llueve con sol, y por regla universal la lluvia y el sol sólo se alborotan juntos los jueves. 

Los jueves siempre han inspirado temas sobre vísperas de sacrificios y resurecciones. Mis jueves han sido siempre  un montón de fragmentos de espejitos quebrados que reflejan la imagen desfigurada de un venado recién nacido que no puede caminar todavía, que tropieza en la alfombra silvestre de una habitación perfumada con inciensos baratos para parecer menos vacía.

Fue hace mucho tiempo, en una noche de jueves (¿o tal vez era viernes ya?) cuando me ensucié con el aserrín, el corozo  y el sudor de una alfombra de La Antigua; la respiración agitada y venerea me hizo olvidar el sufrimiento del hombre sanguinoliento  que pasaba a tres cuadras de aquella cama, rodeado de trompetas y de algodones de azúcar.  Esa noche llovió con luna, presagio de todos los jueves restantes… Al fin y al cabo el sol y la luna no han de ser tan distintos, según lo reza la sabiduría de un grafiti en una pared antigueña: el sol es la luna como la gran puta.

Pero hoy no es jueves. A pesar del desconcierto cósmico  he podido dormir tranquilo mientras  el el sol y la llovizna conjuraban venados. He podido dormir y soñarte, en el monte, en la cima del cerro enfrente de la casa de San Lorenzo, aspirando la lluvia recién caída,  iluminado por el resplandor de Júpiter alumbrando por encima del verde, emergiendo del vientre de una venada primeriza autoinmolada en la espera de un día que no llega.

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