¡Atención!
julio 26, 2010
Las mejores cosas de la vida le suceden siempre en los días que no usa perfume. El día que lo conoció se despertó con la luz de la mañana húmeda que penetraba la persiana semiabierta y que chocaba con los libros apilados junto a la pared. Se irguió y miró hacia la mesita de noche, y luego con gran pereza tomó el libro que estaba sobre ella y que tenía pendiente de terminar. Vio en la portada una fotografía en colores ocres de un hombre viejo con anteojos circulares que observaba el reflejo del sol en la fachada de la basílica de San Marcos de Venecia; volteó el libro para ver la contraportada y entre líneas pudo leer: …la historia de un alma agotada, capaz de sobrevivir sólo en el artificio, que de pronto descubre la belleza espontánea que se manifiesta si esfuerzos y titubeos en la figura de un adolescente… Suspendió la lectura y quiso seguir durmiendo, pero por primera vez en años sentía una emoción diferente y esperanzadora que le hacía descansar y al mismo tiempo evitar el sueño. Hundió de nuevo la cabeza entre las almohadas y con un ojo entreabierto vio el cromo de un jovencísimo hombre haciendo maromas de cabeza, y se sintió un poco culpable. El resto del día fue intensamente aburrido.
Dos días después de conocerlo lo encontró entre el aroma de los altos árboles de eucalipto y cipreses moribundos, con el sol a media lucha con la noche que ya se llegaba. La fragancia era perfecta, y por supuesto el corazón le palpitaba menos despacio. Mientras platicaba con él vio su aburrida y vieja sombra reflejada en esa horrible arquitectura de antes; se veía menos mustia, parecía tener forma oportuna.
Tres días después de conocerlo el día le pareció un siglo. Credo in sanctorum communionem, leyó en un viejo libro, mientras desgajaba una fruta agridulce que le provocaba un placer extremo a su paladar olvidado. El combustible de los sueños le alborotaba la cabeza. Sintió que la luna era su amiga de nuevo, y se atarantó un poco.
Para el cuarto día de esta nueva era ya había olvidado su rostro, pero su voz seguía retumbando. Las palabras comenzaron a deshacer ese árbol de frutos frustrados y deseó la dicha suprema de escapar de la rutina. ¡El pobre imberbe seguía de cabeza! Y la pira por poco le quemaba la calva sagrada; pero esta vez ya no se sintió culpable. Y pidió más dicha todavía.
El quinto día después de conocerlo encontró en un libro nuevo un soneto de García Lorca: pasa la mano sobre su blancura/y verás qué nevada melodía/esparce en copos sobre tu hermosura. La cabeza le voló alto, pero no le quedó más que regresar al suelo. Ese día el limonar botó todos sus frutos ácidos, y en efecto los copos se derritieron sobre su piel oscura. Le tuvo entre sus brazos y le pareció sofocarse de tanto suspiro… y se sintió invariablemente aburrido de nuevo. Había sucedido el milagro tan ansiado, que de tanta ansia tuvo sabor soso ¿o es que acaso se le había podrido el paladar? Pero el prodigio estaba hecho.
Al día siguiente, a fin de cumplir la promesa, entró en la gran catedral de piedra iluminada apenas por el reflejo del fuego en el dorado de los retablos. Caminó lentamente bajó los arcos blancos y esbeltos, sabiendo que él aparecería en cualquier instante. Y así, fue. Ahí estaba él con sus ojos negros achinados, con la sombra de la barba a punto de crecerle, con la vestidura azul y oro, ofreciéndole eternamente al hermoso niño (el cual casi parecía un libro) que llevaba en sus manos tan finas. Le vio, pero luego cerró los ojos. Le prometió que la sangre le bajaría de nuevo a los pies, encendió una mechita de fuego… se tapó la boca, se imagino cuatro ceibas y le gritó a las cuatro esquinas del mundo: -¡Atención! ¡San Antonio ha hecho un milagro!