Una señora que mira al poniente
noviembre 21, 2010
De la palma extendida de mi mano brota un animal que parece mariposa ¿será mariposa? Extendidas las alas al sol, los rayos se tornasolan y me parece tener entre las manos el alma de un guerrero muerto. En el horizonte las campanas del elegante templo me lanzan al viento para chocar contra la gran muralla eternamente azul y eternamente verde. La mariposa vuela hasta convertirse en acorde de la campana más pequeña que lleva inscrita una alabanza a la Concepción de María. A un ritmo melódico, apenas si los dos bronces pueden ser escuchados entre tanto ruido absurdo y necesario. La mariposa vuela hasta chocar contra la muralla también, hasta convertirse en repicar de campana. Hace algunos años alguien escribió sobre las notas en las que se encontraban afinadas las campanas de la catedral. Eran ocho. Hoy sólo cuatro lloran irremisiblemente su suerte de plantonas mudas. De ellas, dos apenas si bailan al atardecer diario. En diciembre la volteadora agoniza entre sus sonidos de fiesta, las demás espantan mariposas.
De la palma extendida de mi mano también brotan gusanos y animales extraños. ¿Debo decir extraños? La tarde piensa que la catedral es un espejo y coquetea ante ella sus galas de alegre y vivida señora; ¡si supiera que el sol va a la muerte en un engaño! Diariamente luz, diariamente muerte. Ya nadie entiende la frase sagrada que en el entablamiento de la fachada reza: PIUS.IX.PONT.MAX.DEFINI.DOG.E.IMMAC.VIRGINE.MARIAE.V.CONCEPTIONE.DIE.VIII.DEC.ANNO.DOM.M.DCCCLIV. Ante tanta sabiduría todos cierran los ojos, todos marchan contentos a la negrura de la tarde, hijos inconscientes de la tarde, alegre y vivida señora; hijos alegres y vividos, muertos que hacen ahogar las torres; que de engaños mueren y de engaños resucitan; que creen estar vivos porque creen ser felices; que creen no estar muertos porque la risa no les ha provocado sensación de ahogo todavía, ¡aplastan a la larva porque no saben nada de mariposas! Si prestaran atención a las horas entonces entenderían porque a las seis de la tarde se pueden escuchar a las mariposas.
De la palma extendida de mi mano brotan sentidas conmiseraciones a mi mismo. ¿Debería escribir ahora la palabra soledad? Me pregunto por qué escribir de muertos cuando todavía existen mariposas, cuando hay alguien que todavía sabe tocar las campanas. A las seis de la tarde es el arrebato lastimero de los badajos. Desde la torre se ve como la ciudad va siendo mutilada. Al sol, en el poniente, le cambia la cara al darse cuenta que todo ha sido un engaño: uno de sus rayos alcanza a incendiar en el horizonte un árbol. El primer lucero asiste a la cremación de la tarde. Y así, soberbia e inmaculada, la catedral se acicala las torres, ha visto mil tardes que la han confundido con mil espejos, mil bobos que creen que lleva pendientes de mariposa; diez mil insensatos tratando de derribar sus torres después de un terremoto. Ayer doce hombres le cambiaron el color blanco de palomo de la paz por un salmón de quinceañera frustrada. ¡Pero si es centenaria dama!
Por el oriente el manto azul de una noche de juventud arropa a la ciudad de los viejos, dónde antes los hombres vivían mil años; y una señora mira en el poniente el cielo consumido por el incendio de todas las horas del mundo.

Lindas las relaciones entre juventud y ancianidad; entre estancamiento y volatilidad. Entre respeto y dignidad. La Señora, la iglesia, mal vestida de quinceañera sigue viendo pasar los dias y las noches, inmovil pero sonriente de todos los renaceres a su alrededor.