CONFITEOR
febrero 20, 2011
Tu mano flamígera me ha convencido: el sol siempre ascenderá sobre la niebla, y ésta no tendrá más remedio que retornar al inframundo húmedo. Te veo igual que el año pasado, callado, apenas si despierto, el nueve siempre en tu boca, el bulto sagrado siempre en la mano que apuesta al sur lejano; en cada cuenta de tu collar no hay más que ciclos de tiempo tratando de no olvidar sus glorias e inviernos que devoran la caliza lentamente hasta hacerla parecer verde y vaga. Sobre la cabeza llena de cabellos largos los mismos signos que sigo intencionalmente sin entender, para que parezcan más incitantes, más devoradores.
No te preocupés, ya entendí el mensaje de la araña peluda de colores cobrizos en el fondo de la trinchera. ¿Aceptarás la varita de incienso como pago? Mirá que la excavación va profunda y los perfiles desafían al tiempo. Mirá que son nueve (como la flor de tu boca) trabajando allá, bien hondo, con sus cascos azules y verdes y con sus manos llenas de callos. No te preocupés, ya comprendí que el tacuatzín aplastado por una roca del relleno imenso osó entrar a la excavación sin permiso; por eso vine a saludarte primero: para pedir perdón y permiso. Y es que a veces el metro, la brújula y el papel milimetrado aturden un poco, pero… vaya! estamos frente a tamaño espectáculo: las flores amarillas pronto se desprenderán del árbol y la caliza de la estructura radial se vestira de fiesta un poco. ¡De fiesta digo! Si aquí todo el día es un jolgorio… todo el día es pura alegría aún bajo el agua helada de la primera lluvia de enero, la que dejaron enviar los cuatro narizudos del cielo cuando vieron a los arqueólogos entrar otra vez al sito. Lo dijo ya alguien: de nada nos aprovecha la arqueología si no hay asombro.
Y yo confieso: la felicidad me engaña de nuevo.
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