Eripe me de luto
junio 4, 2011
La selva me lo contó todo el viernes a medio día. Un viento extraño llegó a la cima de la A-18; los corozos –que eran cómplices de las nuevas- sintieron lástima de mí y trataron de no agitarse para que yo no me diera cuenta. Pero fue en vano. Yo esperaba desde hace días ocultándome entre el vaho de la montaña, en posición fetal, como el esqueleto flexionado que ese mismo día empecé a desarticular a pesar de la reticencia del mundo verde. El primer aviso fue la serpiente amarilla que se deslizó desde la orilla del pozo hasta mi tablero del dibujo, luego vino la serpiente negra diminuta que se abalanzó hacia mi hombro y murió en el intento. Pero el augurio más tenebroso de todos fue el pajarito gris, mudo, minúsculo e íngrimo que se paseó todo el día entre los piochines y las cubetas y que comió de mi propia mano sin inmutarse siquiera, apenas sintiendo miedo. Siempre he invocado al viento, pero esta vez invertí mis deseos e invoqué para que el viento no llegara (mis invocaciones nunca sirven, lo he descubierto a fuerza del desencanto). Los monos -los seres más grotescos de la selva- se burlaron de mí toda la tarde, y por primera vez en años me sentí hueco por dentro. El mundo conversó conmigo y me hizo recitar de nuevo el salmo de los desesperados: eripe me de luto, ut non infigar…. eripe me de luto, ut non infigar….
Por la tarde, pasado el viento pude despertar, y por desgracia todo había sucedido.
