San Xavier del Bac

agosto 29, 2011

En Arizona no existe la noche; la oscuridad vespertina sólo es una variación de los tonos de la puesta del sol que no termina nunca, porque  trasciende los días. Para ser honesto, aquí la tarde dura lo que uno quiera, por eso hasta este momento todo ha sido una larga y enorme tarde que empezó pintando el cielo de azul y ahora lo tiñe de violeta. Una tarde feliz y brillante, debo aclarar.  En el horizonte las montañas que rodean a Tucson lucen siempre ocres y lejanas, austeras e hinóspitas. . . agraciadas.

Al sur de Tucson se encuentra la vieja Misión de San Xavier del Bac. Ésta fue fundada por el misionero jesuita Francisco Eusebio Kino en 1699. Los jesuitas administraron la misión hasta que fueron expulsados de las tierras de Nueva España en 1767. Desde entonces, con notables intervalos, la misión ha sido administrada por los franciscanos, quienes la tienen a su cargo todavía. Actualmente es la reserva india de Tohono O’odham de San Xavier.

Desde la carretera que va a la frontera con México se divisan las paredes blancas y altas del templo rodeadas por el verde de los cultivos de la reserva. El lugar es plano y el azul intenso del domingo lo hace ver más plano todavía.  El templo, una joya preciosa y emocionante, es obra de los franciscanos, quienes lo levantaron a finales del Siglo XVIII.  Un enorme cíngulo franciscano (con los nudos de pobreza, castidad y obediencia) rodea por todas partes la arquitectura ultrabarroca del templo; en la fachada el cíngulo toma formas múltiples y fantasiosas, los fustes de las  columnas  (si es que existen) aparecen y desaparecen mientras ascienden hacia los capiteles, y en el tímpano las borlas del cordón agarran forma fitomorfa.  Los brazos de Cristo y San Francisco en lo más alto, cruzados, inocentes.  Una de las torres parece estar a medio construir o a medio derrumbarse y la asimetría le da apostura a la fachada. Para mi sorpresa, esculturas de santos sin cabeza, como en otros lugares.

El interior del templo es de lo más inquietante. En el retablo mayor está la imagen de vestir de un santo jesuita (San Francisco Xavier, supongo), rodeado  de cuatro apóstoles; una imagen enorme de la Virgen en lo más alto contempla el alboroto barroco de las estípites almohadilladas y los colores alebrestados.  En los extremos  del transepto dos retablos más: uno pasionario (la cruz, la magdalena llorando, ángeles plañideros, la dolorosa compungida vestida con colores alegres), y el otro franciscano (santo Domingo en la hornacina del evangelio, clarisas y franciscanos). Dos pinturas murales representan a sendas Vírgenes morenas y hieráticas,  una inscripción dice sobre indulgencias para quien le rece a la Virgen del Pilar cuando suenen las campanas de algún reloj lejano. El ambiente no puede ser menos culminante: las paredes llenas de colores y estucos espontáneos, las luces de la tarde tórrida de Arizona, las sombras que entran por las ventanas y salen por las puertas, velas a medio apagar, velas a medio encender, murmullos en inglés y en español, oraciones al santito que yace tendido en el sotobanco y al que todos le soban la cabeza calva: boleto directo a otros tiempos y a otros lugares. Hay tanto que ver que cualquier parpadeo es un desperdicio.

¿Hará falta que me pregunte quiénes son los santos de los retablos?  ¿Santa Clara? ¿(mi) San Antonio? ¿San Buenaventura? ¿La Inmaculada?  Las caras de los santos me parecen conocidas, ellos saben que yo los conozco porque les he cuchicheado muchas veces mis deseos de pecar.  Aquí lucen un poco menos morenos y sus ropas carecen de la ondulación y el movimiento que tienen en Guatemala, pero supongo que son los mismos, aunque en el desierto han de oír diferentes plegarias.

Afuera del templo, al este, un cerrito con una cruz blanca en su cima. Alguien me dijo una vez que las cruces de los cerros tienen la capacidad de comunicarse entre sí, de mandarse mensajes y preguntarse cosas.  En la cima del cerrito de San Xavier toco la cruz blanca y les mando mis saludos a aquellas cruces diminutas y hermosas que están en Yula, En Q’anil, en Ixtatán, a la cruz atrial de la Escuela de Cristo.

El domingo termina –pero no la tarde. Las torres de San Xavier del Bac empiezan a lucir de color violeta. Frente a ellas suena un canto en o’odham. No existe la noche en Arizona.

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