Sin Nombre

febrero 10, 2012

Si bien recordás, el año pasado fui humillado en la cima de la estructura A-18: “los monos, los seres más grotescos de la selva, se burlaron de mí toda la tarde…”. En ese entonces por primera vez me sentí indefenso en la selva, estúpido.

Un año después, en la cima de la A-18, levanto la vista al enredo verde que sucede sobre mi cabeza y trato de ver el cielo. Los monos se esconden tras las hojas largas de manaco pero ahora no parecen burlones, sólo se ven como a la expectativa, casi resignados. No me había fijado, pero en la esquina noroeste de la pirámide hay un enorme árbol de aquellos que te conté que dan una flor amarilla y que vi por primera vez en la plaza de Ceibal. ¿Que cómo se llama? Le quité el nombre hace algún tiempo. Ahora es parte del montón de árboles que sólo cuchichean ruido cuando los agita el viento de la selva, otro arbusto expectante de ver quien se fija en él e intenta delirar poniéndole un nombre. El día que éste árbol se caiga se llevará entre sus raíces a la cuarta parte de la A-18 en medio de un gran estruendo. Después habrá silencio.

La cima de la A-18 está tranquila. El único sonido es el de la polea oxidada que extrae las arcillas preclásicas de lo más profundo del pozo. El silencio también produce asombro, es regocijo y fiesta, aveces. Hoy los monos callan, la selva entera parece embrutecida en su mutismo y hace silencio. Algo está tramando

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